A veces la historia no empieza con palabras, sino con una respiración contenida antes del disparo. Con ese instante en que todo se detiene y algo, muy dentro, te dice que mires. No sabes por qué eliges ese encuadre, solo sabes que lo haces. Como si la cámara entendiera antes que tú lo que estás buscando.
Hay días en que la luz cae sobre una piel, una esquina o un gesto, y sientes que ahí hay algo que te pertenece, aunque no lo reconozcas del todo. Fotografiar es una forma de recordar lo que aún no has vivido, de dejar que el cuerpo hable sin permiso, de mirar lo invisible hasta que se vuelve real.
No hay artificios, ni pose. Solo el intento de decir con imágenes lo que las palabras no alcanzan. Cada foto es un fragmento de silencio, una grieta por donde entra la voz. A veces la belleza llega desde el desorden, desde lo roto, desde lo que se esconde entre la luz y sombras.
No busco respuestas, busco huellas. Lo que queda después de que algo nos atraviesa. Porque cada fotografía es, al final, una forma de quedarse un poco más.
No me interesa mostrar lo evidente, sino lo que tiembla detrás. Lo frágil, lo íntimo, lo que se intuye y apenas se sostiene. Hay retratos que se abren como ventanas, hay objetos que guardan respiraciones antiguas. Todo forma parte de la misma historia: la que se escribe sin intención, la que surge cuando te permites mirar sin miedo.
Quizás por eso sigo disparando. Porque en cada imagen hay una pregunta que no se cierra. Y porque a veces, solo a veces, la respuesta aparece en la mirada de quien observa.
Fotografiar es la forma más honesta que tengo de quedarme en el mundo.

error: Content is protected !!