Lo encontró en un mercadillo de domingo, con la caja rota y el metal gastado, como si ya hubiera vivido otras bocas. Lo limpió con cuidado, colocó un pañuelo junto a él y lo guardó, como se guardan los comienzos que no se atreven.
Nunca aprendí a tocarlo, pero lo conservo como si lo hubiera hecho. Porque no suena, pero guarda su voz. Porque no vibra, pero recuerda sus manos.
Lo que suena, a veces, es el recuerdo.