Era una mañana cualquiera.
La luz entraba sin hacer ruido, de esas que no prometen nada, pero lo llenan todo. Sobre la mesa, las llaves, unas monedas, el monedero cerrado con cuidado. Y ese papel, medio escondido, con una frase escrita deprisa: “Te extraño.”

No sé cuánto tiempo llevaba ahí. Quizá desde ayer, quizá desde hace semanas.
Hay gestos que se quedan suspendidos, esperando a que alguien los vea.

Pensé en las veces que algo se queda sin decir, en lo que callamos, por costumbre o por miedo.
Ese papel me pareció una de esas palabras detenidas: un intento de llegar a alguien, aunque ya no estuviera.

La mañana siguió su curso. El café se enfrió, el reloj avanzó, y la nota siguió allí, quieta, como si el tiempo no le importara.
A veces el amor no desaparece: solo cambia de lugar.

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