Hice una pregunta sencilla:
Si esta Navidad solo pudieras pedir una cosa que no se pudiera envolver, ¿cuál sería?

Las respuestas llegaron despacio, pero con una claridad inesperada.
La palabra que más se repitió fue paz.

Paz dicha sin adjetivos.
Paz como deseo íntimo.
Paz nombrada también con lugares concretos: Ucrania, Gaza.
Paz como cansancio acumulado y como anhelo básico.

Junto a ella apareció la salud, una y otra vez.
La necesidad de abrazos —de los de verdad—.
La compañía.
El tiempo compartido sin prisas, con familia, con risas, con calma.

Algunas respuestas hablaban de volver:
volver a ilusionarse como a los veinte,
volver a sentir la creatividad,
volver a mirar con más sensibilidad.

Otras hablaban de ausencia.
De padres.
De madres.
De tenerlas de nuevo, aunque solo fuera durante veinticuatro horas.

También hubo ironía, y deseo práctico.
Un milloncejo de euros, dicho sin rodeos.
Porque el humor y la necesidad también forman parte de lo que somos cuando estamos cansados.

Al leer todas las respuestas juntas, no aparece una lista de deseos navideños.
Aparece un retrato.
Un retrato de una época en la que lo más pedido no es algo que se compre, sino algo que falta.

Que la palabra más repetida sea paz dice mucho.
No solo de los conflictos lejanos, sino del ruido cotidiano, del desgaste, de vivir demasiado tiempo en modo piloto automático.

Quizá no pedimos tanto.
Quizá pedimos lo esencial.
Y quizá el simple hecho de escuchar estas respuestas ya sea una forma —pequeña, pero real— de empezar a cuidarnos.

Que estas fiestas sean lo más amables posibles para cada uno.

 

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