Hay canciones que nos acompañan toda la vida. Algunas se quedan grabadas porque sonaban en un momento feliz; otras porque aparecieron cuando todo se desmoronaba. Pero todas tienen algo en común: nos recuerdan quiénes somos.

Crecí escuchando vinilos en el tocadiscos, después llegaron los radiocasetes, los discmans y, más tarde, las listas infinitas del móvil. Cada formato fue marcando una época distinta, pero la emoción seguía siendo la misma. La música siempre ha sido ese refugio invisible que nos espera sin pedir nada a cambio.

Hay melodías que nos devuelven a lugares donde alguna vez nos sentimos libres. Quizás ese baile improvisado con alguien especial, o aquella tarde en la que cantamos sin importarnos nada. La música, de alguna forma, también nos une a las personas: a quienes estuvieron allí, a quienes seguimos recordando cada vez que suena esa canción y a las personas que vamos conociendo por este camino llamado vida.

Porque al final, como decía John Lennon, “cada persona es el reflejo de la música que escucha.” En cada canción hay un pedazo de nosotros, un eco de lo que fuimos, de lo que sentimos o de lo que aún estamos buscando.

Y quizá eso sea lo más hermoso de la música: que no necesita palabras para decirlo todo.

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