El cuerpo cambia, inevitablemente.
Con los años, la piel guarda huellas, los gestos se asientan y la forma de habitarse se vuelve distinta. Lo que antes era curiosidad o pudor, se transforma en conciencia. Cada cuerpo, a su modo, se va volviendo mapa.

Retratar un cuerpo joven es acercarse a la promesa de lo que vendrá.
Retratar un cuerpo que ha vivido es dialogar con la historia que ya fue escrita sobre él. No se trata solo de la piel, sino de la mirada, del peso del tiempo y de la reconciliación con lo que somos ahora.

La cámara también madura.
Con los años, la mirada se vuelve más honesta, más curiosa por lo invisible que por lo perfecto. Entiende que no hay un solo modo de mostrarse, sino infinitas formas de ser cuerpo.
Fotografiar deja de ser un acto de captura para convertirse en uno de comprensión.

El cuerpo cambia, sí. Pero también cambia quien lo mira.
Y en ese encuentro —entre la piel y la mirada— ocurre lo verdaderamente humano: la aceptación.

Antes buscaba encajar el cuerpo en la idea de belleza que imponen los cánones, las redes, la publicidad. Todo parecía tener que ser perfecto, o al menos parecerlo.
Ahora busco lo contrario: la verdad que se escapa del retoque, la piel que no pide permiso, la imperfección que respira.
Yo no necesito cuerpos impecables, sino cuerpos reales. Me interesa lo que cuentan sin palabras, lo que se deja ver cuando la pose se cae.
Quizá por eso, cada vez retrato más desde el silencio: para escuchar lo que el cuerpo tiene que decirme.

error: Content is protected !!